Una boda

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Isabel le escribe todos los días a su madre, Panchita, que tiene 94 años y vive en Chile. Esta es su carta del 25 de octubre, que compartió conmigo. Fíjense que al final menciona que quiere casarse de nuevo, pero no especifica con quién…

Hola mamá:

Venimos llegando de la boda de Sarah y Alan. Como llovió, no pudo hacerse en el parque, como estaba planeado, y se llevó a cabo en el estudio de Alan. Es impresor y tiene unas máquinas hermosas en un loft en Oakland, donde trabaja y vive. Grace vino del Centro Zen y ofició una ceremonia con profundo sentido espiritual. Sarah se veía preciosa, con un vestido corto blanco, botas de cowboy y una corona de flores; Alan con su facha de príncipe en camisa a rayas y bluyines; Nora, la hija de Sarah, de nueve años, estaba de dorado con una gardenia en el pelo y Kristopher, el hijo de Alan, un pelirrojo de siete años, de camisa elegante, botas y una espada de pirata, que le hizo su padre con madera aglomerada. El ambiente era alegre, relajado, sin pretensiones; una boda encantadora, perfecta para el carácter de Sarah y Alan. Se encontraron en un momento de soledad, se enamoraron de inmediato y decidieron casarse en menos de dos meses. Grace, en su silla de ruedas, con Lori de ayudante, nos tomó a todos los presentes por testigos de los votos de la pareja y dijo que debíamos ayudarlos y sostenerlos. Con palabras sentidas y poéticas explicó que ese compromiso que ambos adquirían de por vida les permitiría crecer como personas, como pareja y como familia.   Alan y Sarah intercambiaron votos y luego Sarah se dirigió a Kristopher para decirle que lo amaría y respetaría como amaba y respetaba a su propia hija. Lo mismo le dijo Alan a Nora. Los cuatro forman una familia maravillosa.  Los niños les entregaron los anillos y después todos lanzamos al aire una lluvia de pétalos de rosas. Fue tan conmovedor que me dieron ganas de casarme de nuevo.

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